Sinodal de Aguilafuente

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El Sinodal y la imprenta

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Aguilafuente está vinculada a la historia del libro por darle el nombre al primer libro impreso en España, en 1472, el conocido como Sinodal de Aguilafuente, que contiene las actas del Sínodo diocesano celebrado en la villa en los primeros días de junio de ese año. Al no tener ni portada ni título, se le denomina haciendo referencia abreviada a su contenido (en lugar de constituciones sinodales) y al lugar donde tuvo lugar el Sínodo, la villa de Aguilafuente.

El Sínodo fue convocado por el obispo de Segovia, Juan Arias Dávila, hombre culto y poderoso que pretendió la reforma de costumbres del clero y del pueblo. Por ello convocó más adelante otros dos sínodos, uno en Segovia (1478) y el otro en Turégano (1483). Además, estuvo presente en distintas congregaciones del clero en Castilla, por ejemplo en el Concilio de Aranda (1473), fue comisionado por los reyes para actuar como visitador de las universidades de Salamanca y Valladolid. A causa del proceso a su familia por judaizante, salió en 1490 para Roma, donde murió en 1497 sin haber podido volver a su sede episcopal. Su biblioteca, que en parte se conserva en la Catedral de Segovia, muestra su afición por el libro, por lo que tuvo tanto interesantes manuscritos como parte de los más tempranos impresos italianos y españoles. Este conocimiento de los “nuevos” libros hechos mediante la imprenta, junto con su interés por formar al clero, le debió de motivar a llamar a un impresor para realizar varios encargos.

Al Sínodo, presidido por Arias Dávila, asistieron ochenta y cinco asistentes, entre representantes del Cabildo, arcedianos, arciprestes, abades, priores de los monasterios, curas y clérigos de la diócesis segoviana; pero también laicos que representaban a las poblaciones y a los diversos estados, incluida la monarquía. Todos ellos aparecen citados en el libro, de forma que se conocen sus nombres y los lugares a los que representaron. Entre el 1 y el 10 de junio de 1472 discutieron las propuestas del obispo, que se vieron plasmadas en las actas firmadas por los asistentes y por los escribanos. Para garantizar su cumplimiento se estableció el sistema de denuncia pública. A los clérigos se les exigía que reformaran su actuación, por lo que se les prohíbe llevar armas salvo expresa licencia; se les obliga a formarse en cuatro años en el estudio general que dirigía el propio obispo, dado que parecía que algunos de ellos no sabían “leer, ni cantar, ni son gramáticos, ni saben la construcción y legua latina, ni saben entender lo que leen como deben”; también se les insta a vestir honestamente para dar ejemplo, pues algunos visten de forma lujosa, por lo que se les prohíbe llevar sedas, anillos de oro y otras vestiduras poco congruentes con su estado; se les impide encastillar las iglesias, etc. Se toman medidas para los actos litúrgicos, prohibiendo juegos y ciertos cantos, quitando algunas fiestas que se habían ido añadiendo de forma abusiva, mandando que la lámpara ardiera continuamente ante el Cuerpo de Cristo... Y también atañe a los laicos, puesto que regula el matrimonio, que ha de realizarse ante testigos y nunca de forma oculta; la asistencia a las procesiones, obligatoria para al menos un miembro de cada familia; la tenencia de estrados y asientos propios en las iglesias, que originaba conflictos entre feligreses por ocupar un lugar de honor en los templos; se obligaba a testar mandando una sola caridad para que los herederos no gastaran mucho dinero; o que no pudieran realizarse divorcios sin el conocimiento de la Iglesia, entre otras cuestiones. Como se puede comprobar, son medidas que hablan de la necesidad de una reforma en las costumbres de los cristianos por aquel entonces. El lugar de celebración fue la Iglesia de Santa María, que muestra rasgos arquitectónicos y escultóricos de la época, pues fue ampliada para superar la limitación de espacio de la primitiva iglesia románica. Por aquellos días la villa debía de estar repleta de gente, ya que, además de los asistentes al Sínodo también irían sus respectivos asistentes y criados. Ninguno de ellos supondría que siglos después sus nombres y actividad seguirían siendo públicos gracias al libro impreso. Aparte de la disputa entre los representantes de Pedraza y Fuentidueña, que se refleja en el libro, en 1475 el deán de la catedral, Juan López, se retractaba ante notario del juramento realizado en el Sínodo, afirmando que el obispo le había coaccionado para que aceptase las constituciones.

Las disposiciones del Sínodo intentaron poner remedio al caos de aquellos tiempos por las revueltas, bandos, escasa formación del clero y abusos cometidos. En las constituciones se indican las penas por incumplimiento, que van desde pequeñas multas hasta la excomunión, aunque no eran demasiado rigurosas, lo que nos habla de un realismo y moderación que facilitarían el cumplimiento de la normativa.

En 1972, año de celebración del quinto centenario del Sínodo y de la imprenta, se realizaron diversos actos conmemorativos y se puso una placa en el interior de la iglesia de Santa María en un lugar visible al lado del presbiterio.

Una de las disposiciones del Sínodo era la de la elaboración de copias para su conocimiento y ejecución en el plazo de seis meses, pero a mano, lo que se hizo, conservándose dos en la Catedral, una de ellas con claras muestras de haber sido utilizada como original para la imprenta. Porque, en efecto, unos meses después las constituciones sinodales se llevaron a la prensa establecida en Segovia. A diferencia del impreso, las copias manuscritas cuentan con legalización notarial.

Como es conocido, fue Juan Gutenberg quien inventó la imprenta a mediados de siglo en Alemania, desde donde se expandió, tanto por su territorio como especialmente por Italia, segundo país al que llegó el nuevo ingenio, allá por 1464. La casualidad, o no, hizo que el abad del Monasterio de Subiaco, lugar donde se estableció la primera imprenta italiana, fuera el español Juan de Torquemada, que tuvo el honor de ser el primer autor que publicó en vida. El ambiente humanístico italiano propició el desarrollo de la imprenta y que Roma o Venecia se convirtieran en grandes focos de la cultura impresa. Además de la habitual relación de los eclesiásticos con el Vaticano, el deán de Segovia viajó a Roma en 1470 para obtener una bula con el fin de recaudar fondos para la construcción de la catedral. Todo ello, junto con la bibliofilia de Arias Dávila, motivó que conocieran este nuevo arte para realizar libros.

A Segovia llegó el maestro impresor Juan Párix, nacido en la ciudad alemana de Heidelberg, donde se iniciaría en su profesión y de donde pasaría a Roma, como tantos compatriotas que buscaron explotar el invento en toda Europa. Segovia en aquel entonces era una ciudad activa, sede de la Corte, con desarrollo industrial, con una importante casa de moneda y un Estudio General regentado por el propio obispo. En la ciudad, próximo a la antigua catedral y palacio, en la actual calle de Velarde, estuvo instalado el taller, donde trabajó desde 1472 hasta, aproximadamente, 1476. Tras su primer libro, el Sinodal de Aguilafuente, salieron de sus prensas otros ocho, la mayoría para difundir disposiciones legislativas (canónicas y civiles) y términos jurídicos entre el clero. Uno de los libros más primitivos es el titulado Expositiones nominum legalium, libro de definiciones de términos jurídicos para personas no iniciadas. Otro texto fue el Modus confitendi, un pequeño libro que servía como modelo para la confesión, y del que hay una edición facsímil a cargo del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, de 2004. El éxito de la obra se muestra en que Párix lo volverá a imprimir en Toulouse hacia 1490. Y hablando de confesión, parece que Párix también imprimió un tratado de Pedro de Osma sobre este asunto en latín, pero fue condenado y prohibido por la Inquisición, por lo que no ha quedado ningún ejemplar. Tal vez este hecho, o bien que Arias Dávila no tuviera más trabajos que ofrecerle, motivó que Párix saliera de España y se instalara en Toulouse, donde siguió trabajando con la imprenta con varios socios hasta su fallecimiento en 1502.

Vistos los antecedentes, el gran protagonista de esta historia es, sin duda, el Sinodal de Aguilafuente. Además de ser el primer impreso español, también es el primero en español, y el único, pues el resto está elaborado en latín. Es un libro pequeño, de 235x175 mm., de 48 hojas impresas y catorce en blanco, que se dejaron por mandato del Sínodo para añadir disposiciones posteriores, pues, como se ha dicho antes, Arias Dávila tenía la intención de continuar con su labor reformista. En el impreso no añadieron las disposiciones posteriores, pero sí en los manuscritos. Su papel es tosco, elaborado con fibras de lino, y no tiene filigrana, por lo que es muy difícil saber su procedencia. Su tipografía es redonda, característica de las prensas romanas y de los más primitivos incunables españoles, aunque tiene unos pocos tipos góticos que siguen siendo un enigma. Sus páginas tienen 28 líneas y está hecho a línea tirada o a renglón seguido, salvo dos fragmentos, que están dispuestos a dos columnas: se trata del texto en que aparecen los nombres de los procuradores de Pedraza y Fuentidueña, que no querían aparecer detrás del otro, por lo que se optó por la forma más “diplomática”, tal como se hace en la actualidad con ediciones bilingües. El libro, como todos los de aquella época, no tenía portada y después de dos hojas en blanco comienza directamente con el índice de capítulos que enumeran las distintas constituciones. También deja los huecos en blanco donde tendría que haber letras capitulares. En el libro no aparece ni el año ni el nombre del impresor, pero por sus características y por su contenido no hay duda de que es un libro de Párix elaborado a finales del año en que se celebró el Sínodo.

Del Sinodal tan solo se conserva un ejemplar, en la catedral segoviana, aunque es de presumir que se hicieran bastantes más. De hecho, en un inventario de los tesoros de la iglesia de Santa María de 1591, ubicado en el archivo parroquial, se afirma que entre los bienes había “un sinodal viejo”, que en inventarios posteriores ya había desaparecido. Pero también es cierto que podría tratarse de un ejemplar manuscrito. El impreso tiene algunas notas a mano hechas con posterioridad y fue restaurado en el Centro Nacional de Conservación y Microfilmación Documental y Bibliográfica en el primer semestre de 1983. Tiene una encuadernación en piel de estilo mudéjar, muy característico de la época y de muchos de los libros que pertenecieron a Arias Dávila. Por lo tanto, se mantiene en buen estado de conservación. En la misma biblioteca se conservan otros ejemplares de las obras salidas de las prensas de Párix.

La primera mención a la impresión de las constituciones sinodales la realizó Diego de Colmenares, quien en su Historia de Segovia, de 1637, afirmó que fueron una de las primeras cosas que se imprimieron en España. Pero el libro permaneció en la catedral sin que nadie después lo viera o diera noticia de él, por lo que cuando empezaron las investigaciones sobre el origen de la imprenta española, a partir del siglo xviii, pero especialmente en el xix, no creyeron al historiador. De ahí que otros libros, sobre todo uno de la imprenta valenciana (Obres e trobes en lahors de la Verge María, de 1474, eso sí, primer impreso literario español), fueran considerados durante décadas como el primer libro impreso en España. Sin embargo, en 1930 el entonces canónigo archivero, Cristino Valverde, describió el Sinodal entre los numerosos libros del Catálogo de incunables y libros raros de la Catedral de Segovia, por lo que desde entonces los historiadores del libro afianzaron Segovia como el primer lugar que tuvo imprenta en España. Hoy día nadie duda de este honor, aunque todavía quedan muchos datos por conocer. Tras la segoviana se establecieron imprentas en Valencia, Barcelona y Sevilla, que sin duda fueron de mayor importancia al tener una actividad más prolongada y publicarse decenas de ediciones.

Del libro se han realizado varios facsímiles, los últimos desde 2003 a cargo del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, que han llegado a su quinta edición en 2010. Además de la reproducción del incunable, contiene un amplio estudio y la transcripción del texto al castellano actual con el fin de que se pueda leer con facilidad. También hay varias publicaciones y estudios sobre el Sinodal y la imprenta de Juan Párix, del que se realizó una exposición en 2004, última vez en que el Sinodal fue mostrado al público.

Precisamente a partir de 2003, año en que se presentó el facsímil en la misma iglesia en que se celebró el Sínodo con presencia del obispo y de otras autoridades, la villa conmemora, el primer fin de semana de agosto, la celebración del Sínodo con diversos actos culturales y festivos, entre los que destacan la escenificación del Sínodo y otras obras de teatro relacionadas con la imprenta, exposiciones sobre Párix y Arias Dávila, talleres de encuadernación, bailes de la época y otras para recordar la importancia de la imprenta y, dentro de ésta, del Sinodal, en la historia de España. La actividad más espectacular es la recreación del Sínodo a partir del guion de Miguel Andrea. Una peculiaridad es la participación como actores de vecinos de Aguilafuente dirigidos por el actor Miguel Nieto y, asimismo, su puesta en escena en la iglesia de Santa María. Se trata, por tanto, de una de las fiestas culturales más importantes, pues atrae a miles de personas en torno al libro y sitúa a Aguilafuente en el mapa de la cultura europea.